Un hombre joven, menos de sesenta, pero que se ve grande, más de setenta. Con achaques y adversidades de salud. No hace mucho parecía que colgaba los zapatos. Pero, trabajador, honesto y disciplinado.
Trabajo en un restaurante, en el área de limpieza y mantenimiento, comenta Don José, con voz desconcertada, más por la entrevista que por otra cosa. Es quizá, la primera vez en su vida que pasa por una.
Viene de Chiapas, donde vivió hasta los veinticuatro años. Como muchos chiapanecos, huyo de las precarias condiciones de vida de ese estado. Pareciera, que, o migrabas o te hacías zapatista en esos lares.
Llegó a Cancún en 1989. Pionero. Trabajó en hoteles, donde aprendió cosas de mantenimiento, que es a lo que se dedica ahora. Y con lo que ha podido sobrevivir.
Cancún, desde su origen en 1970, fue una explosión laboral. Se necesitó mucha mano de obra, y fue así como muchas personas de bajos ingresos pudieron ingresar al mundo laboral urbano. Abandonaron los campos y sus pueblos para irse a las ciudades. Don José, al parecer, fue uno de ellos. Abusó del alcohol, me comentó una vez. ¿La vida dura, lo seductor de ese vicio? Qué lo llevo a ese hábito, no lo sé.
Hablando más suelto, más tranquilo, pero con un tono de sorpresa muy atrás en su conversación, comenta que siente que sí hay desigualdad. Porque muchas personas no valoran el trabajo de las personas. Se creen superiores. Por su cargo.
Le pregunto, por guion, y no por impulso, qué considera que es la libertad. Y responde que es, básicamente, hacer lo que quieras y piensas. Complementa que de joven sí se sentía una persona libre, pero ahora por la familia, lo piensa dos veces. Me río, y concluyo la entrevista.

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